Hay empresas que queman dinero. Y luego está OpenAI, que parece haberle declarado una guerra personal a la sostenibilidad financiera. Los estados financieros auditados de la compañía, filtrados por el analista Ed Zitron, revelan una cifra que hiela la sangre de cualquier inversor con dos dedos de frente: 38.500 millones de dólares en pérdidas durante el año 2025. No es un error tipográfico. No es un redondeo dramático. Es la realidad contable de la empresa más sobrevalorada, reverenciada y financiada de la historia reciente de la tecnología.
Para entender la magnitud de lo que estamos hablando, hay que hacer el ejercicio mental de comparar. Pasar de 5.000 millones en pérdidas a 38.500 millones en un solo año no es una espiral descendente: es un colapso en cámara rápida. La pregunta que toda la industria debería estar haciéndose en voz alta —y que muy pocos se atreven a formular por miedo a parecer herejes del evangelio de la inteligencia artificial— es absolutamente obvia: ¿cuándo, exactamente, llega la rentabilidad?
Los costes operativos de entrenar y mantener modelos de lenguaje a la escala de GPT-4o, o1, o cualquiera de las iteraciones lanzadas durante 2025, son astronómicos. La infraestructura de cómputo, los contratos con proveedores de datos, los salarios de una plantilla de ingenieros de élite y la carrera armamentística contra Google, Anthropic, Meta y el resto del ecosistema devoran capital a una velocidad que ningún modelo de negocio actual parece capaz de compensar. Las suscripciones a ChatGPT Plus, las licencias de API y los acuerdos empresariales generan ingresos reales, sí. Pero claramente no a esta escala.
CUANDO UNA EMPRESA MULTIPLICA POR OCHO SUS PÉRDIDAS EN UN AÑO, EL PROBLEMA NO ES DE CRECIMIENTO: ES ESTRUCTURAL.
El dato más perturbador de toda esta ecuación no son las pérdidas en sí mismas. Lo verdaderamente inquietante es que, con este panorama financiero sobre la mesa y auditado, OpenAI mantenga sus planes de salir a bolsa. Una OPV con estos números en el historial reciente no es un acto de confianza en el futuro del negocio: es, en el mejor de los casos, una apuesta existencial a que los mercados públicos sigan comprando la narrativa de que la AGI está a la vuelta de la esquina y que todo este gasto descomunal es simplemente el precio de la historia.
Los inversores institucionales que lleven la debida diligencia con rigor se encontrarán ante un documento que muestra la mayor destrucción de valor anual en la historia reciente de una startup tecnológica. El entusiasmo del retail investor, embriagado por el nombre y la marca, puede sostener una valoración durante los primeros trimestres. Pero el mercado, tarde o temprano, exige cuentas. Literalmente.
El ecosistema de la IA en su conjunto ha operado bajo un pacto implícito con la realidad: las pérdidas son inversión, el gasto es moat, el rojo de hoy es el monopolio de mañana. OpenAI ha sido el abanderado más agresivo de esa filosofía. Los números de 2025 ponen a prueba esa fe de una manera que ningún comunicado de Sam Altman, ninguna demo impresionante y ningún benchmark puede disimular por mucho tiempo.
Yo llevo años escuchando que OpenAI es la empresa más importante del mundo. Puede que lo sea. Pero la empresa más importante del mundo acaba de confirmar que perdió 38.500 millones de dólares en un solo año, casi ocho veces más que el anterior, y que aun así quiere que el público general le compre acciones. En cualquier otro sector, a cualquier otra empresa, esto se llamaría de una manera muy concreta. En el mundo de la IA en 2025 se llama «visión a largo plazo». Yo lo respeto. Pero no me lo creo.
- Rafael OzzyOso Diaz