Hay nombres que no aparecen en las portadas pero sin los cuales los videojuegos más importantes de la historia simplemente no existirían tal y como los conocemos. Bobby Prince era uno de esos nombres. El compositor que le dio su identidad sonora a Doom, a Wolfenstein 3D, a Duke Nukem y a Commander Keen —entre muchos otros títulos fundacionales del PC gaming— ha fallecido a la edad de 81 años, dejando un legado que literalmente se puede escuchar en el ADN de los shooters modernos.
Para entender la magnitud de lo que Bobby Prince hizo, hay que trasladarse a un momento muy concreto de la historia: principios de los años 90, cuando id Software estaba redefiniendo lo que un videojuego podía ser. Wolfenstein 3D llegó en 1992 y necesitaba sonar a tensión, a peligro, a la Segunda Guerra Mundial filtrada por la adrenalina de un shooter frenético. Prince entregó exactamente eso. Pero fue en 1993, con Doom, donde su talento alcanzó una dimensión casi mítica.
Las composiciones de Doom no eran melodías de fondo. Eran estados de ánimo convertidos en datos digitales. Prince tomó el lenguaje del heavy metal, del rock industrial y de la música de acción cinematográfica, lo tradujo al formato MIDI con una precisión quirúrgica y creó algo que ningún jugador que lo escuchó de pequeño ha podido olvidar jamás. Temas como E1M1 (At Doom's Gate) son hoy piezas de cultura popular que trascienden el videojuego que las originó.
BOBBY PRINCE NO PONÍA MÚSICA EN LOS JUEGOS. PONÍA EMOCIONES EN FORMATO BINARIO, Y ESA ES UNA DISTINCIÓN QUE SEPARA A LOS ARTESANOS DE LOS ARTISTAS.
Reducir a Bobby Prince únicamente a Doom sería hacerle un flaco favor a su carrera. Su trabajo con la saga Commander Keen demostró que podía moverse con igual maestría entre registros completamente distintos: de la oscuridad opresiva de los pasillos de Doom a la energía juguetona y aventurera de las plataformas de Commander Keen, pasando por la brutalidad descarnada de Duke Nukem. Esa versatilidad es la marca de un compositor de verdad, no de un técnico de sonido que rellena huecos.
Su trabajo también es un recordatorio poderoso de las limitaciones como motor creativo. El formato MIDI, con sus restricciones de hardware propias de la Sound Blaster y las tarjetas de sonido de la época, obligaba a los compositores a ser increíblemente eficientes e ingeniosos. Prince no luchaba contra esas limitaciones: las usaba como su paleta de colores particular. El resultado era música que sonaba mayor que la suma de sus partes técnicas.
La influencia de Bobby Prince en la cultura geek contemporánea es incalculable y continúa activa. Las bandas sonoras de Doom han sido objeto de estudio académico, de homenajes por parte de bandas de metal de todo el mundo, de remixes que acumulan millones de reproducciones y de reediciones oficiales que han llegado en formato físico a las manos de coleccionistas. Mick Gordon, el compositor de las entregas modernas de Doom, ha reconocido abiertamente la deuda que su trabajo mantiene con el legado sonoro que Prince estableció décadas atrás.
Cada vez que un shooter moderno busca esa sensación específica de urgencia y violencia estilizada en su banda sonora, está, consciente o inconscientemente, persiguiendo algo que Bobby Prince definió. Eso no es influencia. Eso es fundación.
Yo crecí con esas melodías pixeladas bombeándome adrenalina directamente al cerebro, y durante años ni siquiera sabía el nombre de la persona que las había compuesto. Esa es la paradoja cruel del oficio de Bobby Prince: era tan bueno haciendo su trabajo que el trabajo se convertía en invisible, en inevitable, en parte del mundo del juego como si siempre hubiera estado ahí. Hoy sé su nombre. Hoy todos deberíamos saberlo. El infierno de Doom suena vacío sin él, y eso es el mayor elogio que se le puede hacer a un compositor.
- Rafael OzzyOso Diaz